martes, 23 de noviembre de 2010

¿Cultura musical?

Tenía la firme intención de que el concepto de Cultura Musical fuera el elemento central de mi Tesis de grado, pero como fui incapaz de presentar un anteproyecto donde desarrollara de forma clara y contundente lo que quería hacer - no logré explicar qué era lo novedoso o pertinente que venía con eso - recibí severas críticas por parte de mi profesora que echaron todo a la basura. Hubiese podido perseverar en la idea, pero preferí, en un ágil movimiento, cambiar a otro asunto, igual de valioso, y más fácil de resolver a mediano plazo.

Pero hay un montón de ideas y reflexiones que no puedo sacarme de la cabeza, y de una u otra forma debo atenderlas y darles algún curso aprovechando que existe este espacio. Empecemos con que entiendo por Cultura Musical todos los hábitos, disposiciones y procesos asociados al consumo musical en una persona. Los previos al acto - cómo se consigue o accede a la música, motivado por qué -, los simultáneos - qué tanta música se escucha, en qué lugar, en compañía de quién - y los posteriores - cómo y con quién se comenta y comparte -. Además de muchas otras inquietudes.

Más que de consumo musical, me gusta hablar de experiencia con la música, ya que esta construye toda una serie de rutinas y negociaciones con el mundo que construyen significados aún cuando no se está escuchando directamente. Modifica las formas de pensar, vivir y sentir, y se mezcla con las demás dimensiones de la vida humana. Y esto va mucho más allá de la ya clásica ilustración de las 'tribus urbanas' o 'subculturas juveniles', que considero la imagen más superficial de una serie de procesos más complejos e interesantes, aunque quizás de menos impacto social - en apariencia - por lo cual no se reconocen mucho.

No es que no se haya tratado; es sólo que siento que por la posición en la que me encuentro, la de un joven con más de una década de entusiasmo por la música que ha vivido cambios dramáticos en la forma como se relaciona con ella, hasta llegar a constituir una parte fundamental del ser, puedo aportar una visión actualizada y cuidadosa de la cuestión. ¿Qué es lo que me interesa finalmente? Entender por qué somos tan diferentes en nuestra relación con la música. Porque aunque sea esta la expresión artística de disfrute universal por excelencia, es evidente que el interés que suscita, y el rol que le damos en nuestra cotidianidad, varía de un extremo al otro.

Todos, con pocas excepciones, escuchamos música en un acto que es fisiológicamente el mismo, pero todo lo que sucede de allí en más - en lo emocional, psicológico, social y cognitivo -es completemante impredecible - y corresponde a unos insumos personales que aún no es posible detectar con claridad. La capacidad de combinar unos estilos con otros versus casarse con un género, la necesidad de poseer la música versus el buscarla sólo cuando se necesita, el interés por tener los álbumes completos versus el conformarse con canciones sueltas, el tender a la idolización de los artistas versus la mirada ultracrítica y descorazonada del snob musical.

Estas posiciones y, todos los matices y cruces posibles, pertenecen a culturas musicales particulares, que podrían calificarse - con mucho cuidado de no caer en el elitismo - como más o menos complejas o más o menos desarolladas. En cualquier caso, un interés que nace sin duda de la explosión de las súper nuevas tecnologías, y si hay, dentro de la red, un espacio que me ha llevado a maravillarme ante lo diversa y rica que puede ser la experiencia con la música es Last.fm. Algo tan grande pide a gritos una mirada Sociológica-antropológica.

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Last.fm es excelente recopilando, sistematizando y compartiendo con el mundo los hábitos de escucha de los usuarios, al menos en el tiempo en que éstos están conectados a sus PCs - y dispositivos multimedia portatiles, en los casos en que está disponible el servicio.

A partir de este encuentro con mis intereses en este campo, espero pronto entregar algunas reflexiones un poco más enfocadas en ciertos interrogantes - si se puede - con algo de apoyo teórico. Valoraré mucho sus opiniones, ya que siento que esta es una propuesta investigativa que aún tiene algo de validez hacia el futuro, y me gustaría saber cómo la ven. Un saludo a los que califican como 'nefastas' a todas las entradas; me muero de ganas de que me manden los links de sus espectaculares blogs.

domingo, 14 de noviembre de 2010

La Salsa y Yo

No me gusta la salsa. No me importa la salsa. No me identifico con ninguna de las historias que cuentan, ni experimento ningún tipo de nostalgia cuando suena alguna canción clásica del género. Carezco de vínculo emocional con ella, y más bien siempre ha constituido un poco mi némesis cultural, la imagen de aquello de lo que siempre he querido alejarme.

Crecí aquí en Cali. En un hogar donde no se escuchaba salsa, gracias a Dios. Mi hermano mayor era y es fanático del Rock en sus distintas presentaciones, y lo complementa con música temprana y música del mundo. Mi mamá no tiene nada en contra de la salsa, y de hecho la baila, pero siempre ha preferido la música romántica, la música de la vieja-nueva-ola y Vicente Fernández. Mi papá no vivió conmigo, pero de hacerlo tampoco habría cambiado mucho la cuestión. Siempre le gustaron más los tangos y ahora que es un líder espiritual se va por el New Age.

Para mí la salsa era la música de los vecinos molestos y la de mis compañeros de colegio que no me querían. La que me hacía quedar en ridículo cuando en algún momento la intentaba bailar, porque soy muy ‘amotro’, torpe y nunca entendí la necesidad de estandarizar un baile. Por eso lo que me gusta es azotarme contra lo que sea escuchando At the Drive-In, o dejar que un ritmo hipnótico tipo Crystal Castles o Digitalism le dé libertad a mi ridículo cuerpo de moverse como se le venga en gana. Siempre me pareció detestable el juicio ‘usted no baila bien’ o ‘no sabe bailar’.

Entonces, retomo, para mí la salsa era el sonido del establecimiento. De todo lo que no quería y no podía ser. Acepto que no entendía la diferencia entre salsa mala y buena, e ignoraba la enorme calidad de algunas de sus producciones. Descubriría con los años que habían interpretaciones del género vomitivas, como las del tipo ‘ven devórame otra vez’ o ‘aquél viejo motel’, mientras encontraría otras casi disfrutables, como lo de Héctor Lavoé. Me reconciliaría un poco con lo tropical – porque mi lucha no era sólo contra la salsa – y me gustaría el Son Cubano muchísimo más que la salsa.

Pero la salsa no me gusta. Ni siquiera la buena. Estoy hasta las güevas de Ruben Blades por aquí y por allá. Y de las mismas 4 canciones de siempre, de ‘la ex-señorita no ha decidido qué hacer’ y de que ‘Plástico’ me siga engañando con ese comienzo Funk que me hace pensar que es algo mucho más divertido. Porque ya las audiciones de mi universidad no existen básicamente para otra cosa que no sea la salsa, y toda la gente Cool e intelectual necesita saber bailar salsa, así en su casa escuche Charlie García o Led Zeppelin. Para mí es mucho más cool escuchar Asian Dub Foundation, M.I.A o Vampire Weekend, y podría bailar hasta morir con ellos.

No comparto el imaginario de la salsa. Y no me interesa ser parte de la cultura formada en torno a ella. Hay tanta música sobre la que quisiera adquirir más conocimiento, que al menos por unos cuantos años seguiré despreciando la historia de la salsa. Y ni siquiera siento que por esto vaya en contra de los valores, la tradición cultural -artística y el espíritu colectivo de mi patria chica, porque esta ciudad existió como por 400 años, antes de que importaran este género, así que no jodan con que Cali es salsa y somos salsa.